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"La vida se ríe de las previsiones y pone palabras donde imaginábamos silencios y súbitos regresos cuando pensábamos que no volveríamos a encontrarnos."
José Saramago
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abril 04, 2010

TABARE- LIBRO I (CANTO I)


LIBRO PRIMERO

CANTO PRIMERO


I

El Uruguay y el Plata

Vivían su salvaje primavera;

La sonrisa de Dios de que nacieron

Aun palpita en las aguas y en las selvas;

Aun viste el espinillo

Su amarillo típoy; aun en la hierba

Engendra los vapores temblorosos

Y a la calandria en el ombú despierta;

Aun dibuja misterios

En el mburucuyá de las riberas,

Anuncia el día, y por la tarde enciende

Su último beso en la primera estrella;

Aun alienta en el viento

Que cimbra blandamente las palmeras.

Que remece los juncos de la orilla

Y las hebras del sauce balancea;

Y hasta el río dormido

Baja en el rayo de las lunas llenas,

Para enhebrar diamantes en las olas,

Y resbalar o retorcerse en ellas.

II

Serpiente azul de escamas luminosas

Que, sin dejar sus ignoradas cuevas,

Se enrosca entre las islas, y se arrastra

Sobre el regazo virgen de la América,

El Uruguay arranca a las montañas

Los troncos de sus ceibas

Que, entre espumas e inmensos camalotes

Al río como mar y al mar entrega.

El himno de sus olas

Resbala melodioso en sus arenas,

Mezclando sus solemnes pensamientos

Con el del blanco acorde de la selva;

Y al grito temeroso

Que lanzan en los aires sus tormentas,

Contesta el grito de una raza humana

Que aparece desnuda en las riberas.

Es la raza charrúa

De la que el nombre apenas

Han guardado las hondas y los bosques

Para entregar sus notas al poema;

Nombre que aun reproduce

La tempestad lejana, que se acerca

Formando los fanales del relámpago

Con las pesadas nubes cenicientas.

Es la raza indomable

Que alentó en una tierra

Patria de los amores y las glorias,

Que al Uruguay y al Plata se recuesta;

La patria, cuyo nombre

Es canción en el arpa del poeta,

Grito en el corazón, luz en la aurora,

Fuego en la mente, y en el cielo estrella.

III

La encuentra el pensamiento antes que el hombre

Antiguo la sorprenda,

En lucha con la tierra y con el cielo,

Y en su salvaje libertad envuelta.

Para ella, el horizonte cierra el mundo

Con un muro de piedra;

Tras él duermen las tardes y las lunas;

Tras él la aurora duerme y se despierta,

Cruza el salvaje errante

La soledad de la llanura inmensa

Y el amarillo tigre, como él hosco,

Como él fiero y desnudo, la atraviesa.

El tigre brama; el indio

Contesta en el silbido de su flecha.

¿Dónde va? ¿Qué persigue? Tras su paso,

Sobre ese hermoso suelo, ¿qué nos deja?

¿Para él está formada

Esa encantada tierra

Que a los diáfanos cielos de Diciembre

Les devuelve una flor por cada estrella?

¿Para él sus grandes ríos

Cantando se despeñan

Los himnos inmortales de sus ondas?

¿Qué fue esa raza que Pasó sin huella?

¿Fue el último vestigio

De un mundo en decadencia?

¿Crepúsculo sin día? ¿Noche acaso

Que surgió obscura de la luz eterna?

La eterna lumbre sólo engendra auroras.

La noche, las tinieblas

Son ausencia de luz; la eterna noche

Es sólo del Creador la eterna ausencia.

En esa raza, en su excelso origen

Aun el vestigio queda,

Como el toque de luz amarillento

Que un sol que muere en los espacios deja.

Hay lumbre en esos ojos siemprehuraños,

Fuego que encienden sólo las ideas;

Mas la lumbre se extingue, y una raza

Falta de luz, se extinguirá con ella.

Nacida para el bien, el mal la rinde;

Destinada a la paz, vive en la guerra...

¡Hojas perdidas en su tronco enfermo

El remolino las arrastra enfermas¡

IV

A las tribus lejanas

Convocan las hogueras

Que encendió Caracé sobre las lomas

Como gritos de fuego y de pelea.

Caracé, en cuyo cuerpo

Las heridas se cuentan

Como las manchas en la piel del tigre,

Y por eso le prestan obediencia.

Caracé, en cuyo toldo

Las pieles y sangrientas cabelleras

De los caciques yaros y bohanes

Que tu brazo arrancó, prueban su fuerza;

Que tiene diez mujeres

Que aguzan las espinas de sus flechas,

Y los fuegos encienden de su toldo,

Y el jugo de las plantas le fermentan,

Nadie sabe los fríos

Que ha vivido el cacique; pero cuentan

Que allá en el tiempo de los soles largos,

Al Uruguay llegó, desde la sierra.

Lejana, muy lejana,

Que ve salir el sol, cuando las ceibas

En que hoy anida el águila, sentían

Correr la savia en su primer corteza.

Ya entonces había visto

Cruzar las lunas en las horas lentas;

Pero aun es joven cual si con sus manos

Contar sus fríos Caracé pudiera;

Aun en sus fuertes dedos

Es la maza de piedra

El brazo de la muerte que en las tribus

Derrama el frío que en Ion huesos queda.

V

¿Por qué el vicio cacique

A las turbas congrega,

Toma la maza y apercibe el arco

Que nadie sino él cimbrar intenta?

Por qué bajo sus párpados

Brilla con luz siniestra

La pupila pequeña y prolongada

En que se encienden sus miradas fieras?

¿Acaso los bohanes

La vencida cabeza

Alzan de nuevo, y su guerrera lanza

Del charrúa clavaron en la selva?

¿Acaso al otro lado

Del río como mar, las humaredas

Se ven del indio querandí, y provocan

Del Uruguay la tribu turbulenta?

No: Caracé no teme

Que los indios se atrevan

A encender junto al Hum un solo fuego

Mientras seis lunas a brillar no vuelvan.

Lo que hace que el cacique

Ciña a su frente estrecha

Las plumas de avestruz, y ajuste el ardo,

Y al par del fuego, su mirada encienda,

Es que tendido estaba

En la playa desierta,

Cuando vio que cruzaba por las islas

Del Paraná-Guazú, piragua inmensa.

Que como garza enorme,

Flotaba entre la niebla

Dando a los aires las extrañas alas,

Y volando con rumbo a la ribera.

El Uruguay en vano

Sale a su encuentro y ladra bajo de ella;

En vano, con sus olas encrespadas,

Sus costados airados abofetea;

La nave altiva:

Lanza un grito del cielo que retiembla,

Llega a la costa y, agarrando al río

Por la erizada crin, en él se sienta.

VI

A Caracé el cacique

Han rodeado las tribus más guerreras,

Y entre el espeso matorral del río,

Como banda escondida de luciérnagas,

Los ojos de los indios fosforecen,

Al ver sobre la arena

Cómo descienden de la extraña nave

Los hombres blancos de la raza nueva

Y cómo, dando al viento

Y clavando en el suelo su bandera,

Se agrupan en su torno, y con sus voces

La sorprendida soledad atruenan.

¡Extraños seres! Brillan

A los rayos del sol. Nada recelan.

Y las lomas los miran y el barranco;

Y el Uruguay se empina y los observa,

Y los indios ocultos

Mutuamente se muestran,

Con los brazos desnudos extendidos,

El grupo extraño que al jaral se acerca.

VII

Entre inmenso alarido,

Una lluvia rabiosa de saetas

Parte del matorral, y de salvajes

Un enjambre fantástico tras ellas.

La bola arrojadiza

Silba y choca del blanco en la cabeza,

Cae al sepulcro el español herido

Amortajado en su armadura negra,

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Y los guerreros blancos

Huyen despavoridos por las breñas,

Dejando sangre en la salvaje playa

Y una mujer en la sangrienta arena.

Parece flor de sangre,

Sonrisa de un dolor; es la primera

Gota de llanto que, entre sangre tanta,

Derramó España en nuestra tierra.

Pálida como un lirio,

Sola con vida entre los muertos queda.

Caracé, que a su lado se detiene,

Con avidez salvaje la contempla,

Mientras los rudos golpes

De las hachas de piedra

Del postrado español en la armadura

Y en los cráneos inmóviles resuenan.

VIII

"De los guerreros muertos

Vuestra será la hermosa cabellera:

Su blanca piel ajuste vuestros arcos,

Y sus dientes adornen vuestras tiendas;

Y sus extrañas armas,

Ove brillan como el astro, serán vuestras;

Y los tipoys que sus espaldas cubren

Como las rojas flores a la ceiba.

Caracé sólo quiere

En tu toldo a la blanca prisionera,

Que de su techo encenderá los fuegos,

Los fuegos de] amor y de la guerra".

Tal hablaba el cacique

En sus brazos llevando a Magdalena

Al bosque solitario de los talas

En que el indio formó su madriguera.

IX

Hermanos del dolor, bardos amigos,

Trovadores galanos de mi tierra,

Que me seguís en la jornada obscura

A través del misterio de la selva:

Ensayad en el alma

El acorde otoñal: la noche llega.

El acorde que suena cuando el ave

Vuelve en silencio al nido que la espera;

Y hasta el lirio más pálido del campo

Para dormir en paz su bronce cierra,

Y su perfume virgen

Con el amor de otros perfumes sueña.

Vosotros, los que al paso de la tarde

Inclináis tristemente la cabeza,

Y amáis el cielo cuando en él agita

Su ala tremante la primera estrella;

Calzaos las sandalias

Con que hasta el alma del dolor se llega.

Sí el alma vuestra, oh, bardos!,

Bañada en el Jordán de la tristeza,

Es pura como la última palabra

Que acaso os dijo vuestra madre muerta,

Llegaos en silencio

Al tálamo sangriento de la selva...

Es ya de noche; los rumores lloran...

¡No despertéis a la española enferma
............

Juan Zorrilla De San Martín





diciembre 22, 2009

TABARE- INTRODUCCION

INTRODUCCIÓN

I

Levantaré la losa de una tumba;

E internándome en ella,

Encenderé en el fondo el pensamiento

Que alumbrará la soledad inmensa.

Dadme la lira, y vamos: la de hierro,

La más pesada y negra;

Esa, la de apoyarse en las rodillas,

Y sostenerse con la mano trémula,

Mientras azota el viento temeroso

Que silba en las tormentas,

Y, al golpe del granizo restallando,

Sus acordes difunde en las tinieblas;

La de cantar sentado entre las ruinas

Como el ave agorera;

La que arrojada al fondo del abismo,

Del fondo del abismo nos contesta.

Al desgranarse las potentes notas

De sus heridas cuerdas,

Despertarán los ecos que han dormido

Sueño de siglos en la oscura huesa;

Y formarán la estrofa que revele

Lo que la muerte piensa;

Resurrección de voces extinguidas,

Extraño acorde que en mi mente suena.

II

Vosotros, los que amáis los imposibles,

Los que vivís la vida de la idea;

Los que sabéis de ignotas muchedumbres.

Que los espacios infinitos pueblan,

Y de esos seres que entran en las almas

Y mensajes oscuros les revelan,

Desabrochan las flores en el campo,

Y encienden en el cielo las estrellas;

Los que escucháis quejidos y palabras

En el triste rumor de la hoja seca,

Y algo más que la idea del invierno

Próximo y frío a vuestra mente llega,

Al mirar que los vientos otoñales

Los árboles desnudan, y los dejan

Ateridos, inmóviles, deformes,

Como esqueletos de hermosuras muertas;

Seguidme hasta saber de esas historias

Que el mar y el cielo y el dolor nos cuentan;

Que narran el ombú de nuestras lomas,

El verde canelón de las riberas,

La palma centenaria, el camalote,

E.' ñandubay, los talas y las ceibas:

La historia de la sangre de un desierto,

La triste historia de una raza muerta.

Y vosotros aun más, bardos amigos,

Trovadores galanos de mi tierra,

Vírgenes de mi patria y de mi raza

Que templáis el, laúd de los poetas;

Seguidme juntos a escuchar las notas

De una elegía que en la patria nuestra

El bosque entona cuando queda solo,

Y todo duerme entre sus ramas quietas;

Crecen laureles, hijos de la noche,

Que esperan liras para asirse a ellas,

Allá en la oscuridad en que aun palpita

El grito del desierto y de la selva.

III

¿Extraña y negra noche? ¿Dónde vamos?

¿Es cielo esto o tierra?

¿Es lo de arriba? ¿Lo de abajo? Es lo hondo,

Sin relación, ni espacio, ni barreras.

Sumersión del espíritu en lo obscuro,

Reino de las quimeras,

En que no sabe el pensamiento humano

Si desciende, o asciende, o se despeña,

El caos de la mente que pujante

La inspiración ordena;

Los elementos vagos y dispersos

Que amasa el genio y en la forma encierra.

Notas, palabras, llantos, alaridos.

Plegarias, anatemas.

Formas que pasan, puntos luminosos,

Gérmenes de imposibles existencias:

Vidas absurdas en eterna busca

De cuerpos que no se encuentran,

Días y noches en estrecho abrazo,

Que espacio y tiempo en que vivir esperan;

Líneas fosforescentes y fugaces,

Y que en los ojos quedan

Como estrofas de un himno bosquejado,

O gérmenes de auroras o de estrellas;

Colores que se enfunden y repelen

En inquietud eterna,

Ansias de luz, primeras vibraciones

Que no hayan ritmo, no dan lumbre, y cesan;

Tipos que hubieran sido y no fueron

Y que aún el ser esperan,

Informes creaciones, que se mueven

Con una vida extraña e incompleta.

Proyectos, modelados por el tiempo,

De razas intermedias;

Principios sutilísimos que oscilan

Entre la forma errante y la materia;

Voces que llaman, que interrogan siempre

Sin encontrar respuesta;

Palabras de un idioma indefinible

Que no han hablado las humanas lenguas;

Acordes que, al brotar, rompen el arpa,

Y en los aires revientan

Estridentes, sin ritmo, como notas

De mil puntos dispersos que se encuentran,

Y se abrazan en vano sin fundirse,

Y hasta esa misma repulsión ingénita

Forma armonía, pero rara, absurda,

Música indescriptible, pero inmensa;

Rumor de silenciosas muchedumbres,

Tumultos que se alejan...

Todo se agita en ronda atropellada,

En esta obscuridad que nos rodea;

Todo asalta en tropel al pensamiento,

Que en su seno penetra

A hacer inteligente lo confuso,

A enfrentar lo que huye y se rebela;

A consagrar el ritmo y el sonido

La dulce unión eterna,

La del color y el alma con la línea

De la palabra virgen con la idea.

Todo brota en tropel, al levantarse

La poderosa piedra,

Como bandada de aves que chirriando

Brota del fondo de profunda cueva;

Nube con vida que, cobrando forma

Variables y quiméricas,

Se contrae, se alarga y se revuelve

Por sí misma empujada en las tinieblas.

Allí cuajó en mí mente, obedeciendo

A una atracción secreta

Y entre risas y llantos, y alaridos,

Se alzó la sombra de la raza muerta;

De aquella raza que pasó desnuda

Y errante por mi tierra,

Como el eco de un ruego no escuchado

Que, camino del cielo, el viento lleva.

Tipo soñado, sobre el haz surgido

De la infinita niebla;

En sueño de una noche sin aurora,

Flor que una tumba alimentó en sus grietas;

Cuando veo tu imagen impalpable

Encarnar nuestra América,

Y fundirse en la estrofa transparente,

Darle su vida, y palpitar en ella;

Cuando creo formar el desposorio

De tu ignorada esencia

Con esa forma virgen, que los genios

Para su amor o su dolor encuentran;

Cuando creo infundirte, con mi vida,

El ser de la epopeya

Y legarte a mi patria y a mi gloria

Grande como mi amor y mi impotencia;

El más hábil contacto de las formas

Desvanece tu huella,

Como el contacto de la luz, se apaga

El brillo sin color de las luciérnagas.

Pero te vi. Flotabas en lo obscuro,

Como un jirón de niebla;

Afluían a ti, buscando vida,

Como a su centro acuden las moléculas.

Líneas, colores, notas de un acorde

Disperso, que frenéticas

Se buscaban en ti; palpitaciones

Que en ti buscaban corazón y arterias;

Miradas que luchaban en tus ojos

Por imprimir su huella,

Y lágrimas y anhelos esperanzas

Que en tu alma reclamaban existencia:

Todo lo de la raza: lo inaudito,

Lo que el tiempo dispersa,

Y no cabe en la forma limitada,

Y hace estallar la estrofa que lo encierra.

Ha quedado en mi espíritu tu sombra,

Como en los ojos quedan

Los puntos negros de contornos ígneos

Que deja en ellos una lumbre intensa...

Ah! no, no pasarán, como la nube

Que el agua inmóvil en su faz refleja;

Como esos sueños de la media noche

Que en la mañana ya no se recuerdan:

Yo te ofrezco, oh ensueño de mis días!

La vida de mis cantos, que en la tierra

Vivirán más que yo... ¡Palpita y anda,

Forma imposible de la estirpe muerta!


Juan Zorrilla de San Martín


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